sábado, 17 de septiembre de 2011

La Merindad del Cerrato




Fue de amanecida cuando me encontraba camino a la comarca del Cerrato. De Palencia a Magaz se tarda un suspiro, y en sólo dos se llega a Baltanás, nombre que siempre me ha parecido digno de rey judío y de figurar en alguna de las páginas del Antiguo o Nuevo Testamento. Una breve parada para embucharme un café y situar los prismáticos al cuello; cinco minutos más de coche me permiten llegar a lo más alto de su páramo, pleno de encinas, pastizales y espacios abiertos llenos de vida.
Los que amamos el medio rural y practicamos turismo de observación de naturaleza y aves solemos encontrar aliciente suficiente con sólo llegar a lugares poco esculpidos por la mano del hombre. El Páramo de Baltanás, como también le pasa al de Cevico Navero son dos lugares en los que el paisaje se hace grande, no sólo por la amplitud de su horizonte sino también por las sensaciones que transmite.
Nada más poner pie en tierra me acoge la típica banda sonora de las alboradas estivales, alondras patrullando el cielo repartiendo trinos a diestro y siniestro, las totovías que arrancan sus estrofas musicales sin llegar a terminarlas, el piar característico de los gorriones chillones volando en grupos apretados cuando julio huye del calendario a toda prisa… Y lo más reconfortante: una sinfonía de tonos según se eleva el sol mientras el aire de la amanecida aún refresca las mesetas arboladas. Huele a campo, al mejor campo que el verano ofrece.





Mientras observo a los jóvenes bisbitas campestres que ya vuelan por todas partes, me sobrevuelan varios milanos negros que se pierden hacia el norte. Ando buscando en estos lares al ‘rey moro’, y no se confunda quien de historia entienda ya que no persigo el trazo invisible dejado por algún emir granadino desterrado por los reyes cristianos, no; el ‘rey moro’ que yo busco se trata de una vistosa mariposa que vive en los encinares con pastizal y matorral disperso, hábitat que se encuentra en los páramos del Cerrato, pero también en el Páramo leonés y en otros de provincias vecinas.
Es principalmente durante los calurosos días del verano cuando estos vistosos satíridos de oscura silueta se reúnen para dormir sobre las encinas, y además lo suelen hacer por separado, los machos posados en las hojas mientras que las hembras -ya fecundadas- se distribuyen sobre las hierbas cercanas. Al salir el sol y calentarse el ambiente, los machos -nada activos aún- permanecen quietos esperando la templanza de los primeros rayos de sol. Llegado el momento empiezan a revolotear sobre las ramas y de repente parece que los chaparros cobran vida mientras a su alrededor vuelan decenas y decenas de mariposas, unas persiguiéndose, otras volando en espiral, un ir y venir continuo de lepidópteros que dura poco más de media hora.
Cuando el sol se eleva la concentración de mariposas desaparece y se las encuentra dispersas a lo largo del camino. Es en ese momento cuando vuelco de nuevo mi interés en la observación de aves, en las plantas aromáticas, y en el resto de especies de mariposas que recorren incansables las flores de la planicie.





Dejando atrás el páramo de Baltanás me acerco hasta Castrillo de Onielo, deteniéndome a admirar su arco pétreo de entrada mientras imagino las murallas celtibéricas y romanas que debieron protegerla en tiempos remotos. Desde allí enfilo el valle hacia Cevico de la Torre, y a mitad de camino me detengo para visitar la ermita de la Virgen de Villagustos. Es una delicia poder combinar arte, historia y naturaleza en un paisaje tan memorable como el de los páramos y valles del Cerrato, a las puertas de Palencia, a escasos treinta kilómetros de la capital. La ermita se encuentra perfectamente restaurada y su situación la convierte en un adelantado vigía del valle. Me protejo del sol -ya alto- con la sombra de su fachada cuando escucho el chasquido de unas alas que caen del cielo, un águila calzada se deja caer sobre el trigal aledaño para capturar un roedor a escasos treinta metros de donde me ubico. Un lance en directo con la belleza del románico palentino a mis espaldas es casi ¡insuperable! Cuando me dispongo a regresar al coche descubro la cabeza redondeada de un mochuelo que no ha perdido el ‘hilo’ de nada de lo sucedido, mientras permanecía inmóvil junto a las piedras grises amontonadas junto a la iglesia.

Todavía quedan valles por recorrer y a eso me dediqué el resto de la mañana. Recorro despacio este paisaje lírico formado por las pendientes que caen desde la paramera hacia vaguadas y valles, mientras disfruto con la extraña silueta que dejan los oteros aislados en la llanura. Prosigo ruta, tráfico escasísimo, rincones únicos, rapaces en vuelo, mil y una foto de plantas y mariposas, adobe y molinos.





Regreso a Palencia a través de Soto del Cerrato descendiendo desde el aventajado mirador que supone la Dehesa del Rebollar. Antes de volcarme hacia el Valle del Pisuerga miro atrás y me deleito una vez más con el paisaje extraordinario de la Merindad del Cerrato, que asemeja cascos de barco invertidos formados por yeso, margas y paños oscuros de matorral, pinos y chaparros. Diez minutos después Inicio el descenso a Soto mientras me sobrevuela un bando de abejarucos a los que a juzgar por sus acrobáticos vuelos, comienza a llamar el impulso de la migración ya próxima, al igual que sucede con el viajero cronista que, quiera o no quiera, ha de continuar camino rumbo a otros destinos.

Jorge Garzón


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