viernes, 13 de julio de 2012

El país de los cerros de tiza


El Cerrato Castellano, una comarca natural llena de contrastes.


Cuando el Nini se asomaba a su cueva veía un valle, un mundo de surcos terrosos atravesados por un arroyuelo que dividía el valle en dos mitades, una carretera rectilínea y un pueblo que era del mismo color que la tierra. Desde la entrada de la cueva donde vivía el Nini se veía también “una cadena de tesos mondos como calaveras” coronados por almendros y chopos junto al arroyo, que eran como paraguas cerrados apuntando al cielo. Sobre las laderas, el Nini veía el rebrillo de los yesos arrancados por el sol como si emitieran mensajes misteriosos y, más arriba, ya en el páramo, los bosquetes de encina, refugio de verdor en el que se retaban mutuamente los animales del valle, que allí trataban de escapar del alimañero, que iba tras ellos. Así de sencilla y magistral es la descripción que Delibes hace del Cerrato Castellano, el escenario en el que tiene lugar su novela Las Ratas. No es, para nada, una guía de viaje, pero debería ser de lectura obligatoria para quien se apunte a correr los rincones de este sorprendente territorio castellano en busca de sus esencias más auténticas.

Porque en la novela de Delibes aparecen también sus cuevas, cuevas que en casi todos sus pueblos son bodegas hechas para el resguardo del vino y, en algunos, han sido casas rupestres habitadas hasta hace unas décadas. En otros son hoy los misteriosos agujeros por los que prosperó en tiempos pasados la minería de unos yesos con los que, entre otras muchas cosas, se elaboraban las tizas. Y aparece la dureza de una vida que contrasta con la blandura de muchas de sus laderas, blanquecinas y fáciles de excavar, el contraste entre la desnudez del fondo plano de los valles, donde se extienden los cultivos casi siempre de secano, y la feracidad de unos encinares que dominaron los páramos hasta que la mecanización del campo hizo posible su roturación.

Recorrer los rincones del Cerrato no es fácil. Sus 3.200 km cuadrados se convierten en un laberinto imposible de digerir de un solo trago: setenta kilómetros de norte a sur y 63 de este a oeste marcan los ejes de un territorio salpicado de continuos sube y baja, de vallejos repentinos que las carreteras escalan con maneras de puerto de montaña, de pueblos y más pueblos –hasta 83- que el tiempo y la Historia han ido repartiendo aquí y allá: en lo alto de los páramos, en vallejos sin salida, en laderas de yeso o en la vega de sus ampulosos ríos, que también los tiene. Porque, lejos de acoplarse a la típica y fácil imagen de rectilíneos horizontes castellanos y amplias llanuras cerealistas resecas y tristes, al Cerrato le surcan corrientes de una entidad considerable: el Pisuerga, por el norte y el oeste, y el Duero, por el sur, pero también el Carrión, el Arlanzón, el Canal de Castilla o el Esgueva. Y todos ellos aportan su orla de fronda ribereña, de abultadas choperas, de fresnos, de sauces y de alisos con su alborotada orquesta de trinos incansables.

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